6 comentarios en “EL RELATO SECURITARIO EN LA ERA DE LA INFOCRACIA: NARRATIVAS GUBERNAMENTALES SOBRE LA VIOLENCIA, ECOSISTEMAS DIGITALES Y COMUNICACIÓN POLÍTICA ALGORÍTMICA EN ECUADOR (2018–2024)”

  1. ¿Cómo puede el Estado utilizar herramientas de inteligencia artificial y segmentación algorítmica en la comunicación sobre seguridad y violencia sin caer en prácticas que profundicen el miedo social, polaricen a la ciudadanía o debiliten las garantías democráticas?

    1. Muchas gracias por su pregunta, la misma que me parece oportuna y necesaria, porque abre la posibilidad de pensar en usos responsables de las herramientas.
      Creo que el uso democrático de la IA en comunicación de seguridad es posible, pero requiere condiciones que hoy son insuficientes. La primera es transparencia: si el Estado segmenta audiencias y optimiza mensajes, esa estrategia debe ser pública y auditable. La segunda es distinguir entre informar y gestionar emocionalmente: la tecnología puede distribuir información verificada y contextualizada; el problema no es el algoritmo sino subordinarlo a maximizar el miedo antes que la comprensión. La tercera, quizás la más importante, es coherencia entre discurso y política pública: las mismas capacidades de alcance que hoy amplifican el marco de guerra podrían hacer visibles las causas estructurales de la violencia, que el relato securitario sistemáticamente desplaza.
      En definitiva, las herramientas no son el nudo del problema; lo es la lógica política que las orienta. Con marcos institucionales adecuados y voluntad democrática genuina, la IA puede ser un recurso para informar mejor, no para gestionar el miedo.

  2. Excelente ponencia. Tomando en cuenta que su investigación articula el Análisis Crítico del Discurso tradicional con las lógicas de los algoritmos y la IA, ¿cuál considera que fue el mayor desafío metodológico al intentar ‘rastrear’ o evidenciar esa optimización algorítmica de las emociones en el ecosistema digital ecuatoriano? Asimismo, ante este escenario de ‘infocracia’, ¿qué rol inmediato cree que debe asumir la academia para proponer contranarrativas que rompan ese ‘marco de guerra’?

    1. Muchas gracias por sus comentarios y consultas. El mayor desafío metodológico fue empírico antes que conceptual: las cajas negras de las plataformas no revelan sus algoritmos de recomendación, y desde la comunicación gubernamental no se documentan públicamente sus estrategias de segmentación. Eso me obligó a operar desde efectos observables -métricas de engagement, alcance e interacción durante los hitos críticos- antes que desde mecanismos internos. Asumo explícitamente que esta dimensión tiene carácter exploratorio: no establezco causalidades mecánicas, sino patrones de co-producción de sentido entre el relato oficial y la infraestructura algorítmica que lo amplifica. Un segundo desafío fue articular el ACD con la comunicación política algorítmica, epistemologías no naturalmente convergentes; la solución fue tratarlas como niveles complementarios: el ACD disecciona el relato, las métricas digitales registran sus condiciones de circulación.
      Respecto al rol de la academia ante la infocracia, identifico dos urgencias. La primera es epistémica: conectar la micropolítica del discurso con las estructuras macropolíticas que lo producen, preguntando qué intereses sostiene el marco de guerra y qué reformas desplaza de la agenda pública. La segunda es normativa y pedagógica: producir contranarrativas no como propaganda de signo contrario, sino como marcos interpretativos que restituyan la complejidad causal de la violencia, el abandono estatal, la corrupción institucional, las víctimas que el relato securitario omite sistemáticamente. El marco de guerra no se rompe con otro relato igualmente emocional; se erosiona con información contextual, memoria histórica y alianzas concretas entre academia, periodismo crítico y sociedad civil. Sostener ese espacio de complejidad que la lógica del engagement desincentiva es, hoy, una responsabilidad ineludible de la universidad.

  3. Me parece una propuesta particularmente relevante porque traslada al contexto ecuatoriano una preocupación que hoy atraviesa buena parte de los estudios de comunicación: comprender cómo las tecnologías digitales y las lógicas algorítmicas están transformando la producción y circulación de significados en la esfera pública. Encuentro especialmente valioso que el análisis no se limite al contenido de los discursos gubernamentales, sino que busque entender cómo estos circulan, se amplifican y adquieren legitimidad dentro de ecosistemas digitales cada vez más complejos.

    Al mismo tiempo, la investigación abre interrogantes que considero muy estimulantes desde el punto de vista teórico y metodológico. Así como en otros ámbitos discutimos hasta qué punto los algoritmos participan en procesos de construcción de sentido, aquí surge la pregunta sobre cómo identificar empíricamente la incidencia de estas lógicas algorítmicas en la configuración de las narrativas estatales sobre la violencia. Es decir, ¿cómo distinguir aquello que responde a una estrategia discursiva gubernamental de aquello que es resultado de las dinámicas propias de las plataformas digitales?

    También me parece muy sugerente la incorporación de conceptos como infocracia, marco de guerra o amenaza existencial. Sin embargo, justamente por la fuerza explicativa que poseen estas categorías, el desafío estará en demostrar de qué manera emergen en el corpus analizado y cómo operan en contextos concretos. Creo que allí se encuentra una oportunidad importante para fortalecer aún más el vínculo entre el desarrollo conceptual y la evidencia empírica.

    En conclusión, considero que se trata de una investigación sólida, pertinente y necesaria para comprender un fenómeno que trasciende el caso ecuatoriano. Su principal aporte, a mi juicio, es invitarnos a reflexionar sobre cómo las narrativas institucionales, los entornos digitales y las tecnologías algorítmicas interactúan en la construcción de percepciones colectivas sobre la violencia, la seguridad y la democracia.

    1. Agradezco genuinamente estos comentarios, que identifican con precisión tanto las apuestas como las tensiones más productivas de la investigación.
      La pregunta sobre cómo distinguir estrategia discursiva gubernamental de dinámica propia de las plataformas es, en efecto, el nudo metodológico más exigente. Mi posición es que esa distinción, aunque analíticamente necesaria, no puede ser completamente resuelta desde afuera de las cajas negras algorítmicas. Lo que sí es observable es la retroalimentación: las narrativas gubernamentales adaptan sus formatos y marcos al comportamiento de cada plataforma, y las plataformas amplifican los contenidos que generan mayor engagement emocional. Estamos ante una co-producción de sentido antes que ante una causalidad unidireccional, y eso tiene implicaciones metodológicas concretas: el análisis debe moverse entre el texto, las métricas y el contexto político sin pretender aislar variables que en la práctica operan de manera entrelazada.
      Respecto al vínculo entre desarrollo conceptual y evidencia empírica, la observación es completamente pertinente y la asumo como la tarea central de las fases que siguen. Categorías como infocracia o marco de guerra tienen una fuerza heurística considerable, pero esa fuerza puede volverse un riesgo si se convierten en marcos que confirman lo que ya se buscaba. El trabajo pendiente es precisamente operacionalizar esas categorías en indicadores textuales, semióticos y métricos concretos, de modo que emerjan del corpus antes que imponerse sobre él.
      Coincido en que el mayor aporte de esta investigación puede estar justamente donde usted lo señala: en demostrar que narrativas institucionales, entornos digitales y algoritmos no son dimensiones separables, sino que se constituyen mutuamente en la producción de percepciones colectivas sobre la violencia. Ese es el horizonte que orienta el trabajo que viene.

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